La soledad del inframundo

   Nunca había pensado en lo sola que me hacen sentir las galerías del metro. Ni sus músicos tristes, ni el eco de las tuberías desgastadas. Ni siquiera había notado que los pasos lejanos de algún funcionario con maletín y zapatos negros acordonados, desencadenaran en mis latidos algún pálpito mundano de nostalgia y melancolía.



   Lo noté ayer una vez se terminó la batería de mi mp4.Había pasado una noche de cervezas en un bar al que solemos acudir algunos amigos cuando nos puede el aburrimiento o la sensiblería, cerca del Hospital Clinic. Venía de vuelta en la línea azul, la tres, con dirección Cornellá. Descendía los escalones hacia el universo subterréneo y paralelo cuando comprendí que Concha Buika, mi nueva cantante fetiche, dejaba el cante para otro día y prefería una buena siesta al desenfreno de la copla pausada. Me quedé desprovista de cuanto anhelaba en aquel momento, por lo que me metí de nuevo el aparato de música en el bolso enrollando sus correspondientes auriculares y alcé la marcha con destino a mi vagón. Busqué la T-10 en la cartera. Acerté a leer "Titol esgotat" y me paré en seco. En ese momento recordé que no me quedaba dinero debido a mi afición por la cebada y reculé. Revisé bolsillos, resquicios de mi bolso, hasta escote y calcetines, algunos céntimos, 40 exáctamente. Necesitaba un euro.

   En mis travesuras infantiles se puede encontrar la de quitarse los zapatos y calcetines, subirse la falda del uniforme y saquear viejas fuentes del centro de Sevilla, lugar donde abundan deseos en forma de moneda. Así que me remangué y comencé a peinar la zona. Nada por los alrededores de la basura, tampoco por la ventanilla de información. En ese momento, una mujer a lo Cindy Lauper pero con converses recién estrenadas, me piso el dedo que guiaba mi pesada tarea. Grité. Chillé más bien. Y no sólo no escuché una respuesta a mi onomatopéyico gritillo de cochinillo, tampoco vi un revés de cabeza mirando hacia mi persona enroscada en el suelo. Nada. Observé que además de llevar unas cintas verdes en el pelo, transportaba sobre su cabeza unos cascos dorados gigantes que, evidentemente, le imposibilitaban atender a cualquier otro movimiento en el mundo que el de sus estridentes melodías.

   Rabiando de dolor y sujetándome el dedo índice derecho, rojo como Buñol en fiestas, me arrastré hasta observar una moneda girando sin parar a medio metro de mí, justo en el control de tickets. A la Lauper de Barna se le había caído un tesoro de sus roídos bolsillos. Una vez comprado el pase, avancé por la vía mientras escuchaba los aullidos del vagón que se alejaba. Me quedé allí esperando, sosteniéndome el dedo, pero con una sonrisa de triunfadora. Nadie podía verla, pero tampoco importaba. Me entretuve mirando los productos de la máquina expendedora, los carteles de la Generalitat buscando cataloparlantes o simplemente, las vías vacías, eso sí, ni una rata. 

   A los pocos minutos aparecía el metro, con esas figuras, más parecidas a los maniquíes que a las personas, sentadas, en pie, leyendo, reflexionando...o escuchando música con sus reproductores musicales. Nadie me preguntó por qué llevaba todo el trayecto con la falange hacia arriba, ígneo y recalcitrante, los brazos y toda mi ropa repleta de manchas de grasa y algún que otro chicle pegado en el bolsillo trasero de mis pantalones. El metro siempre viaja en solitario.

De Frankfurt a Barcelona sólo hay un día de diferencia (2ª PARTE)

Así que entre cabezadita y revoloteo por los interiores aeroportuarios, me quedé escribiendo en una de las ya citadas sillas de petróleo plastificado. En el asiento de al lado encuentro un joven extremadamente delgado ("canijo", como dicen por mis tierras) con zapatos urbanos, vaqueros desgastados y trenca gris. Se encontraba deshilachado, con la cabeza entre las rodillas y sus brazos largos estirados hasta rozar el suelo. De repente, sale de su madriguera-cuerpo y me pregunta:"¿Qué vuelo coges?" con un acento difícil de definir(matices italianos, marcados sobre todo en palabras llanas pero con una clara entonación inglesa)

De este modo iniciamos una conversación que duró en torno a 3 horas. En ella, me contó los 2 días que llevaba durmiendo en el aeropuerto, su nacionalidad canadiense, sus estudios de filosofía y literatura en Bolonia (su ciudad de destino), el por qué de dicho viaje, las singularidades de Elena (el motivo del trayecto), su capacidad para amar y sus planes de futuro. Concluímos que:

- Alemania forma parte de los territorios más hostiles del mundo.
- Los italianos son conservadores, machistas pero pasionales.
- Elena no "fota" bien.


Llegaron mis amigas, que se dejaron caer por aquellos lares a eso de las 14 horas, pues partían a Estocolmo en unos instantes, por lo que me  despedí de Michael, deseándole suerte en su declaración de amor y acompañé a mis compatriotas hasta mi ya archiconocido control de seguridad. Tras la despedida (de nuevo...)y cierta nostalgia que sacudió mis pálpitos, aposté por un "durum" gigante y una tableta de chocolate pagados con los 50 euros que uno de mis angelitos suecos me prestó.

Estuve pensando en pasar todo el día en el aeropuerto, conociendo a más Michaels enamorados, fotografiando a parejas y a sus lloros de despedida... pero el señorito que vela por mi integridad sugirió (u ordenó...) que me hospedara en un hotel y descansara. Así que hice una lista de daños colaterales para decidir si  quedarme a dormir en el aterido suelo:

- Cansancio, hambre, posibles robos, incomodidad, guarros pervertidos,  manadas de fanáticos futboleros (ver daño anterior), frío y aburrimiento.

Toda esta serie de verdades, junto con la continua desazón de "como se entere me mata" hicieron que tomara un hospedaje, pues la idea brillante de pasar un día entero en un hotel cercano y un baño caliente hacieron que las aventuras aeroportuarias se las dejara a Tom y las burbujitas para una servidora.

Cuando llego a la recepción del hotel de enfrente, mi ánimo comienza a alarmarse, pues el precio ascendía a 46e, no a 30 como me informaron. Corro hasta la tienda de souvenirs y golosinas y devuelvo la tableta sin abrir (1.60e), sin los cuales no llegaba. Céntimo a céntimo consigo mantenerme en el precio justo. Sin embargo, mis ojillos vigorosos advierten un cartel en el que se publicitan habitaciones por 30e. Me acerco al stand y un jovencito alemán- alemán telefonea para que me recojan. 

Llega a los 5m un hombre mayor, rozando los 70 años, grande, cojeando, con una gorra azul y unos zapatones enormes. Sonrisa acorde con su físico, amable, simpático, bonachón y paternalista. Pienso que también lo llamaré Michael. En un inglés básico charlamos por el camino nevado, de carreteras anchas y bosques frondosos. Llegamos a mi nuevo refugio. Es una casita preciosa de madera, con nieve por todas partes. Mi habitación se encuentra arriba. No tengo baño individual pero estoy sola en la casa, así que me pertenece. Además, disfruto de una terraza enorme para mí. Tarde de lectura, baño caliente, pijama, sueño y fotografías. Bendita soledad.

A la mañana siguiente, Michael me lleva al aeropuerto, me despido, paso el control, enseño el documento a la señorita azafata, subo las escaleras del avión, me siento, duermo. Llego a Girona. Cojo el autobús hasta Barcelona. 


Nunca pensé que pudiese añorar tanto mi estación Nord, mi parada de metro, mi línea verde...


Un "mi" delante de esta ciudad que me sabe a reconfortable. Por fin en casa.





De Frankfurt a Barcelona sólo hay un día de diferencia (1ª PARTE)

Hay días, fechas, que no pueden olvidarse jamás. Algunos son cumpleaños familiares, otros, aniversarios de boda o defunción. Existen además unos mucho más difíciles de explicar. Se remiten a hechos anecdóticos que por lo extraño del suceso consiguen su prestigioso hueco en el recuerdo. Algunos de ellos se encuentran entre la temática: "Amigos y desconocidos" y "El amor y sus estupideces". Sin embargo, en esta ocasión, ninguno de estos campos de contenido refieren a mi, ya inolvidable, hazaña.


Tras pasar una semana en el Carnaval de Mainz y Frankfurt con dos amigas de la facultad, me dispuse al regreso al hogar añorado a la hora temprana de las 3 pm. Con la despedida azotando mis glándulas lacrimales y un frío gélido e inhóspito, avancé hasta la estación de trenes y buses, lugar donde por deducción lógica, había que coger el autobús que me llevaría una hora antes de mi vuelo, al aeropuerto de Frankfurt Hann.

Con el dinero justo y sin bufanda, conseguí traspasar el control de seguridad sin la menor incidencia y me senté en uno de los bancos de plástico blanco de la sala 2, destino: Girona, vuelo: 4424, hora: 6:40 en el día 17 de febr...¿17?¿17?sí, Carmelita, 17 de Febrero, MIÉRCOLES. Ojeo el documento acreditativo de Ryanair. La fecha no corresponde a la de hoy. En su lugar, aparece un bonito número 18 que se traduce en MAÑANA, JUEVES. Es decir, he sufrido un ataque de imbecilismo profundo, una enfermedad llamada: "Distracción momentánea difícil de definir en la que ser despistada, estar en la puta parra y padecer empanamiento agudo son uno más de los factores por los que te colocan el cartelito de DESASTRE".

Sudo como un pollito. Me río como una ratilla y sonrío como una coneja. Mi estado animal no me permite hacer más que una cosa: comerme la berlina rellena de mermelada de fresa que guardo en el bolsillo exterior de la maleta-carrito, de medidas útiles para el viaje de una ruin compañía aérea.

Una vez lleno el estómago me coloco en la fila que recién acaba de engendrarse ante la puerta de embarque. Ahora llega el momento en el que cuento un suceso de igual calibre: Estando yo en París con objeto de visitar a mi querubín, me disponía a regresar a la mía patria cuando en un lamentable estado de somnolencia me pasé por el arco del triunfo las normativas aéreas y aterricé en Barcelona, siendo mi verdadero destino, Sevilla.

Pues con este precedente, creí conveniente intentar traspasar las barreras azafateñas y encontrar un sitio entre tan publicitado avión. No obstante, y como sugería la lógica aplastante, esto no sucedió de tal modo y la mujercita huraña y agria me pronunció un "NEIN" que dejó mi alma desconsolada. 


Paraules i vins


   

   Creí que nunca lo encontraría. Jamás pensé que pudiera existir aquel templo dedicado a poetas y amantes del vino. Pero existe. Y si quieres resguardarte un ratito allí, sólo tienes que avanzar por la calle d' Elisabets hasta llegar al MACBA y en la esquina, donde unas cuantas mesas acogen a los turistas, verás un cartel en el que se aprecia a leer: (H) Original.

  Entré buscando un recital de poemas pronunciado por un actor llamado "el malabarista de paraules". Lo primero con lo que me topé fue una salita repleta de libros de poetas catalanes, ingleses, franceses, sudamericanos, contemporáneos o de la generación del 27, del siglo de las luces o romanceros medievales. Estanterías a lo largo del local saturadas de exiliados, premiados, olvidados, abandonados, nóbeles o románticos empedernidos. Sonreí. Me senté. Me dieron una carta con numerosas casas de vino. Le pedí al camarero que me aconsejara. Trajo una copa grande, voluminosa y abombada. Cune, Crianza, Rioja. Aroma, textura y sabor perfectos. Analicé el bar. No llegaba a comprender dónde se celebraba el espectáculo. Según mis contactos cada miércoles se organizaban y allí no había suficiente espacio. Además del vino, las pizarras señalaban tapas recomendadas, algunas expuestas en la barra, donde un señor de pelo largo y cano, de manos limpias, y encamisado, atendía cordialmente los gustos de la clientela. Le pregunté si era cierto que se reunían para leer poesía y afirmó, orgulloso como quien enseña su mejor colección de chapas. Señaló con un paño entre las manos el interior del bar, la actuación se realizaba dentro, tras pasar una sala más grande, acondicionada para almorzar o cenar de un modo más íntimo. Terminé mi copa y me adentré hasta la habitación. Algunos guiris, algunos paisanos y algunos autóctonos cenaban en unas mesas de madera oscura, iluminados por velas blancas y lamparitas trepaderas que escalaban las paredes de bloques de piedra. Consistía en un recinto dividido según qué intereses. Parecía que el solomillo de buey argentino con envoltura de setas de la mesa tres, propiedad de una rubia demasiado rubia, me estuviera hablando de sus muchas cualidades nutritivas.
   Seguí avanzando, como bien me indicó el señor del paño, por un pequeño desnivel que continuaba por un pasillo. A la derecha, la cocina. Un arco a modo de puerta me daba la bienvenida. Tímida e intentando ser silenciosa pese a mis andares torpes y discontinuos me asomé a ver a un muchacho disfrazado de Shakespeare que, sentado en un taburete encima del escenario, recitaba poemas en catalán. Estaba lleno. Las mesas y la barra. Pero avisté una sillita en una esquina y hasta allí me dirigí. Debería pedir una cerveza al menos. Pensé. Pero aún me daba más vergüenza volver a levantarme. Así que me quedé sentadita viendo el recital.
   Eran poesías suyas, sí, del jovencito delgado, perfil griego, de ojos negros penetrantes y catalán, catalán. Algunas eran de tono cómico y otras relataban historias del día a día. Mi nivel de entendimiento llegaba hasta las conversaciones que entablaba con el público pero al profundizar en expresiones retóricas y palabras alejadas del nivel básico 1, curso online facilitado por la Generalitat, mi cabecita empezó a denotar su habitual déficit de atención. Comencé a observar a los espectadores, los ropajes del apuesto actor, su ojos, sus zapatos roidos, los versos tirados en el suelo tras su lectura y su perfecta sonrisa. Y en su sonrisa estaba cuando se acercó a mí y me preguntó algo, algo que por supuesto no entendí, debido bien a mi despiste, bien a mi fijamiento inoportuno por una sonrisa traicionera que se había percatado de mi embelesamiento. La gente se reía. Me puso un cartel sobre la cabeza en el que acerté a leer un refrán típico pero con alguna gracia referida a la crisis. Roja como un tomate de mata agaché la cabeza y se acercó hasta otra víctima. Odio ese tipo de actuaciones en las que se interactúa con el público. Las odio.
   Finalmente terminó su recital con algunas poesías más y la gente y yo le aplaudimos con fuerza. Me acerqué a darle el cartel que había dejado en mi mesa. Me respondió con un merci. Volví a hipnotizarme con sus labios carnosos. Y me sonrió. En ese momento vino una niña de rastas rubias y le besó en los morros. Me sacudí la cabeza y me despedí con un adeu bastante lejano a sonar catalán. Salí del local.
   La poesía tiene que acabar con lágrimas, besos o gemidos pero no con un adeu andaluz. Así que como no nací para finales inacabados me senté en un escalón de la Plaça dels Àngels junto con adolescentes skaters y me inventé un final para esta historia en las páginas de mi cuaderno rojo. Ni el vino, ni las rimas ni las sonrisas perfectas habían conseguido arrancar una frase anecdótica, un beso improvisado o una noche literaria, no obstante, acordé con mi libreta que cada miércoles lo intentaría.

Flaquezas a la italiana

    Los caminos son pasos no acordados con nadie ni con nada, unicamente son pasos hacia delante,sin dejar de andar, sin permitir que alguien elija dónde quieres ir a parar.


  Quizá no encontré todo lo que esperaba en esta ciudad. Tal vez no hallé aquello que anhelaba, por lo que huí...pero estoy segura de que mi vida la guío tan sólo yo, mis errores y mis aciertos me pertenecen como mi sangre y mis labios, y perdonad la soberbia, me hace sentir fuerte,completa, viva.
   Hay un rincón llamado La Locanda que consigue que mis tristezas se conviertan en apetito, y como bien sabéis, las penas, con el estómago lleno, son menos penas. Es un local italiano, pequeñito, muy cerquita de la catedral, en el que argentinos y jovencitos preciosos de la bella Italia sirven lo mejor de la cocina de su tierra. Estos muchachitos de más de veinte años muestran no sólo una simpatía que acentúa el aroma de sus pizzas y pastas, también devuelven la ilusión por las cosas bien hechas. El vino, oloroso. La pasta, fresca. El risotto, recién hecho. Y la pizza...dios mío... la pizza como jamás la hayáis probado...gloria infinita. En mi opinión, la especial de la casa, llamada de igual nombre que el restaurante, consigue desplazar tu cuerpo hasta un mundo en el que la crema de trufas con jamón dulce te entregan la felicidad plena en forma de plato...de calabaza...de pera...acompañados con un simple toque de aceite, orégano y parmesano. ¿Y los postres? tengo por seguro que no habéis probado un tiramisú igual. Cremoso, suave, delicia de dioses, deleite de sentidos espolvoreado con cacao. Si lo preferís, también os recomiendo un helado de cava y limón con vodka. Si lo preferís, claro.
   Hice la solemne promesa de acudir aquí cada mes, pedir nuevos platos y abstraerme en su carta repleta de sabores de la Italia más deliciosa. Y hasta día de hoy, la he cumplido fielmente. Cuando las cosas no marchan del todo bien y la vida se te cae al suelo de repente, en un instante, cuesta mucho menos reaccionar a tiempo y encontrar una palabra que te saque del abismo o una solución oportuna a los males del momento. Sin embargo, no todo está perdido cuando en la calle Joaquim Pou los infortunios se hornean a fuego lento.

Vagones para invisibles

  
    Todos los trenes llevan algún destino marcado en su letrero. Y como personitas a veces cambian de decisión en el último momento y eligen no parar donde planearon, llegar algo más tarde o mucho más tarde, ir con paso tranquilo o acelerar en un revés.

   Mi facultad se encuentra en Tarragona, la Universitat Rovira i Virgili, así que he de partir cada mañana hacia la ciudad vecina desde la capital con Renfe. Bajo la calle Numancia en el bus de atrás de casa (10 m aprox.). Parada Estació de Sants. Corro directa a la vía. Paso el ticket mensual por la maquinita. Desciendo las escaleras. Me siento en el suelo con los demás transeuntes cotidáneos con los que me encuentro diariamente. Llega el tren. No es. Se produce la confusión en masa a causa de una viejecita que no sabe si éste es el de Reus. La marabunta se excita y empieza a preguntarse por el trayecto de su tren, si es el acertado, si no le convendría pillar uno hacie el aeropuerto y desaparecer del mundo unos cuantos años. Unos mochileros recorren vía arriba vía abajo el anden. Topan con mi cabecita entre la gente y me preguntan si hablo inglés. Respondo que a little y en un inglés con acento australiano me analizan la descomunal desorganización de esta estación, de España y sus transportes. Contesto desde mi más humilde nacionalidad española: This is Spain...and Renfe. Dejan la botellita de agua que estaban bebeiendo en el suelo y se alejan.

   De todos los viajes que he hecho hasta Tarragona, en un cálculo improvisado, habré cogido un 30 % de trenes en perfecto orden. No sólo en cuanto a la puntualidad, tamibién la organización, el número de asientos, las interferencias comunicativas, los destrozos mobiliarios...un sinfin de despropósitos varios que acentúan aquella marginalidad ibérica de la que muchos criticones extranjeros y autóctonos hablan a menudo.

   Los trenes que cojo al mediodía, casualmente, vienen y llegan a su hora. Otra franja horaria más complicada es el prime time ferroviario. Cuando salí de clase aquel día a las ocho de la tarde me desplacé hasta la estación ubicada frente al mar, cerca del puerto. Allí esperé 5 minutos hasta que apareció el tren con destino a Barcelona. Me aproximé hasta él. Había tanta gente que quería subirse que no podía ni alcanzar la puerta. Me aparté unos metros y decidí sentarme en un banco hasta que se calmaran y entraran todos. No fue así. Las personitas impacientes estaban enlatadas en los vagones, aplastados contra el cristal. Miré a un chico que estaba a mi lado, alto, delgado, con gafas rectangulares de un turquesa bastante inusual y una sonrisa que invitaba a la conversación. Me llamaban al móvil. Durante la conversación, aposté por un nuevo tren que no tardaría mucho en venir. Quince minutos de retraso y quince minutos hablando por teléfono. La voz conveniente avisó a los pasajeros de la entrada del tren. Mucha gente salió. Mucha gente entró. Yo entré. Él entró. Busqué plaza por los pasillos. Ni un sitio libre. Regresé a la salita que queda entre vagón y vagón y me apoyé a la pared. Miré a los siete silenciosos pasajeros que como yo, se habían quedado sin sentarse y sorpresa la mía cuando el muchachito de gafas turquesas se encontraba entre nosotros. Comenzamos a despotricar sobre la compañía estatal y sus servicios entre risas. Algunas estudiantes invertían el tiempo en subrayar apuntes, un cuarentón con bastante porte sonreía mirando al suelo. Una mujer muy delgada que rondaría los cincuenta lo ojeaba mientras yo la  observaba a ella. Pensé que harían buena pareja. Las gafas turquesas acechaban el libro que tenía entre las manos. Me preguntaron si estudiaba. El qué y el dónde. Le correspondí con las mismas. Psicólogo de vocación, profesor canino, casteller en la colla de su pueblo y unos ojos tímidos pero sinceros que descubrí en el momento que decidió limpiar sus anteojos.

   Unos y otros se van bajando en las siguientes paradas. Quedamos nosotros y una de las estudiantes. Me coge de la mano y me propone ir en búsqueda de asiento. Encontramos dos sitios con el respaldo hacia delante. Bien, pienso, no podré marearme. Estoy nerviosa. Está nervioso. Pero sn saber bien por qué no dejamos de hablar. Su nombre, Carmen, ¡pregúntale su nombre! De nuevo un Joan en mis andanzas... pero esta vez acierto a pronunciarlo bien tras unas leves introducciones al catalán: Yuan, Yoan, Juan. Todo un trayecto de una hora conversando sobre lo que espero de su ciudad, sobre aquello que dejé, sobre lo que llegará. Cuando llegamos nos pedimos los nombres para reencontrarnos en el facebook. Se marcha por una entrada del metro...yo por otra.

   Vuelvo a casa con una sensación agradable, plena. Me consta que puedo encontrar a personas por las calles, con las que puedo toparme de nuevo queriendo y sin querer. Nostalgia de mi ciudad pequeñita en la que los de allí nos llamamos vecinos, aquí son simplemente extraños. Somos fantasmas, masas difusas que deambulamos por nuestros recorridos mecánicos hacia el mismo destino cada uno de nuestros días. Pero a veces la monotonía se rompe y conoces a un Joan de gafas turquesas que te hace plantearte si los invisibles se reúnen cuando Renfe pierde la precisión.

De cómo Freddy empapó las nostalgias


   Las fuentes han llegado a ser una de las atracciones más visitadas por los turistas, de calcetines + sandalias y también de los que no las llevan.


  En mi curriculum sobre vida turística, puedo rellenar en dos ocasiones la casilla de encuentro de luces y música en la montaña histórica de Montjuïc. Una fue muy de noche, con unos amigos de mi prima, tras su sesión de catequesis para la confirmación de la fe cristiana. Recuerdo el frío. Llevaba una bufanda color burdeos, pantalón vaquero (bajo el cual me abrigaban unas tupidas medias), tres jerseys de cuello alto, un abrigo de pana negro y unas de esas deportivas mastodónticas que venden en las tiendas surferas. Llevaba el pelo recogido y unos guantes amarillos que le había robado al bolso de mi madre. Alguien portaba una cámara fotográfica, de las primeras digitales y estuvo todo el espectáculo retratándonos con su nueva adquisición tecnológica.


   Montjüic es una montaña que está en el mismo centro de la ciudad y cuenta con unos 170 metros de altura. Se ha usado como fortificación, cementerio judío (de ahí su nombre: monte judio), pero sin duda, su actual función ha sido la más provechosa. Allí se encuentran las noches del Poble Espanyol, la Anella Olímpica y el Palau Sant Jordi, los resquicios de Van der Rohe y una oferta cultural impresionante gracias al Caixa Forum y al precioso y enorme MNAC. Y también tiene una fuente de colores que a los de fuera, les entusiasma.


   Para acceder a Montjüic hay que subir una serie de escaleras con dirección el MNAC desde Plaça Espanya. Salgo del metro, admiro la gigantesca plaza y su tráfico, giro a la derecha 180º y ahí está. Una fuente enorme en los pies de la colina, unas escaleras a ambos lados que desembocan en la puerta del museo y una descomunal masa de guiris que se descifra a causa de su asombro por cada sube-baja de los chorros de agua. A medida que voy acercándome voy asfixiando mis pulmones que desde bachillerato sufren irremediablemente de cansancio precoz. Me quedo en la base, rodeada de extranjeros y espero el aconecimiento. A las siete y media se produce la ovación. La música empieza a sonar...horror: Sting.... de pronto... la BSO de Ghost... .le sigue Madonna... alternan con Queen... ¿eso son los Dire Straits al compás de chorros de agua....en Barcelona? están pletóricos. Yo los miro boquiabierta. Yo me cubro la cara con las manos. Yo lanzo un oh dios al unisono. Yo me resguardo en mis rodillas hasta que, al menos, dejen de bailar con Thriller del difunto multimillonario.


   Os prometo que nunca pensé que esto pudiera llegar a ocurrir. Las fuentes son el simbolo de lo que fueron las olimpiadas en el año 92. Aquella maravillosa, increible, indecible, intocable, INTOCABLE canción que fascinó al mundo, aquella oda a Barcelona con las magistrales y, vuelvo a reiterar, INTOCABLES, voces de Freddy Mercury y Monserrat Caballé eran los encargados de deleitar cada día al público que necesitaba regresar a aquellos días de deporte internacional y a lo que supuso para todos aquel año. Cuando ellos cantaban las fuentes se encendían, bailaban con la música, era muy fácil caer en la emoción primaria del ser humano, dejar latir el corazón al compás de sus arias. ¿Y me la sustituyen por los grandes éxitos de Kiss FM? ¿para que los guiris se sientan como en casa?¿para que los niños no se duerman?¿para joder a los nostálgicos que restan en esta ciudad? ¡por dios, Fred! ¡al menos tú vuelves a cantar en esta nueva adaptación!


   Me levanté y con la mirada perdida dejé atrás el precioso MNAC, los turistas canturreando, las fuentes traicioneras... con el ánimo a ras del suelo, abandonando cualquier esperanza de que los tiempos venideros fueran mejores, pensando en la futilidad del hombre, en lo insano de la desertización de valores... llego a la parada del metro. Bajo las escaleras de la desilusión, y ...no....no...aún hay sitio para los sensiblones como la que firma... un trueno recita Barcelona, se escuchan sus suspiros, esas notas de piano...y un viva inolvidable. Percusión. Caballé. Viento... cuerdas. Y la letra inunda la plaza y mis recuerdos. Vuelvo la cabeza hacia atrás. Corro hasta salir al exterior. Corean su nombre y admiro cada una de las tonalidades de las fuentes, su coordinación, al ingeniero y al funcionario que limpia con tenacidad el musgo que germina incansablemente. Y en la última estrofa, sonrío ante una multitud de personas que aplauden sin parar. Un segundo puesto nunca está de más. 


   Miro la sonrisa del taxista, del viejecito con bastón, de la niña agarrada de la mano de su padre, de la mujer que alguna vez estuvo casada y del señor que lee el Avui. Me vuelvo a casa. No es patriotismo ni añoranza, es identidad. Porque lo que fuimos y lo que somos, a veces dista demasiado.