Mostrando entradas con la etiqueta Transporte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Transporte. Mostrar todas las entradas

La soledad del inframundo

   Nunca había pensado en lo sola que me hacen sentir las galerías del metro. Ni sus músicos tristes, ni el eco de las tuberías desgastadas. Ni siquiera había notado que los pasos lejanos de algún funcionario con maletín y zapatos negros acordonados, desencadenaran en mis latidos algún pálpito mundano de nostalgia y melancolía.



   Lo noté ayer una vez se terminó la batería de mi mp4.Había pasado una noche de cervezas en un bar al que solemos acudir algunos amigos cuando nos puede el aburrimiento o la sensiblería, cerca del Hospital Clinic. Venía de vuelta en la línea azul, la tres, con dirección Cornellá. Descendía los escalones hacia el universo subterréneo y paralelo cuando comprendí que Concha Buika, mi nueva cantante fetiche, dejaba el cante para otro día y prefería una buena siesta al desenfreno de la copla pausada. Me quedé desprovista de cuanto anhelaba en aquel momento, por lo que me metí de nuevo el aparato de música en el bolso enrollando sus correspondientes auriculares y alcé la marcha con destino a mi vagón. Busqué la T-10 en la cartera. Acerté a leer "Titol esgotat" y me paré en seco. En ese momento recordé que no me quedaba dinero debido a mi afición por la cebada y reculé. Revisé bolsillos, resquicios de mi bolso, hasta escote y calcetines, algunos céntimos, 40 exáctamente. Necesitaba un euro.

   En mis travesuras infantiles se puede encontrar la de quitarse los zapatos y calcetines, subirse la falda del uniforme y saquear viejas fuentes del centro de Sevilla, lugar donde abundan deseos en forma de moneda. Así que me remangué y comencé a peinar la zona. Nada por los alrededores de la basura, tampoco por la ventanilla de información. En ese momento, una mujer a lo Cindy Lauper pero con converses recién estrenadas, me piso el dedo que guiaba mi pesada tarea. Grité. Chillé más bien. Y no sólo no escuché una respuesta a mi onomatopéyico gritillo de cochinillo, tampoco vi un revés de cabeza mirando hacia mi persona enroscada en el suelo. Nada. Observé que además de llevar unas cintas verdes en el pelo, transportaba sobre su cabeza unos cascos dorados gigantes que, evidentemente, le imposibilitaban atender a cualquier otro movimiento en el mundo que el de sus estridentes melodías.

   Rabiando de dolor y sujetándome el dedo índice derecho, rojo como Buñol en fiestas, me arrastré hasta observar una moneda girando sin parar a medio metro de mí, justo en el control de tickets. A la Lauper de Barna se le había caído un tesoro de sus roídos bolsillos. Una vez comprado el pase, avancé por la vía mientras escuchaba los aullidos del vagón que se alejaba. Me quedé allí esperando, sosteniéndome el dedo, pero con una sonrisa de triunfadora. Nadie podía verla, pero tampoco importaba. Me entretuve mirando los productos de la máquina expendedora, los carteles de la Generalitat buscando cataloparlantes o simplemente, las vías vacías, eso sí, ni una rata. 

   A los pocos minutos aparecía el metro, con esas figuras, más parecidas a los maniquíes que a las personas, sentadas, en pie, leyendo, reflexionando...o escuchando música con sus reproductores musicales. Nadie me preguntó por qué llevaba todo el trayecto con la falange hacia arriba, ígneo y recalcitrante, los brazos y toda mi ropa repleta de manchas de grasa y algún que otro chicle pegado en el bolsillo trasero de mis pantalones. El metro siempre viaja en solitario.

De Frankfurt a Barcelona sólo hay un día de diferencia (2ª PARTE)

Así que entre cabezadita y revoloteo por los interiores aeroportuarios, me quedé escribiendo en una de las ya citadas sillas de petróleo plastificado. En el asiento de al lado encuentro un joven extremadamente delgado ("canijo", como dicen por mis tierras) con zapatos urbanos, vaqueros desgastados y trenca gris. Se encontraba deshilachado, con la cabeza entre las rodillas y sus brazos largos estirados hasta rozar el suelo. De repente, sale de su madriguera-cuerpo y me pregunta:"¿Qué vuelo coges?" con un acento difícil de definir(matices italianos, marcados sobre todo en palabras llanas pero con una clara entonación inglesa)

De este modo iniciamos una conversación que duró en torno a 3 horas. En ella, me contó los 2 días que llevaba durmiendo en el aeropuerto, su nacionalidad canadiense, sus estudios de filosofía y literatura en Bolonia (su ciudad de destino), el por qué de dicho viaje, las singularidades de Elena (el motivo del trayecto), su capacidad para amar y sus planes de futuro. Concluímos que:

- Alemania forma parte de los territorios más hostiles del mundo.
- Los italianos son conservadores, machistas pero pasionales.
- Elena no "fota" bien.


Llegaron mis amigas, que se dejaron caer por aquellos lares a eso de las 14 horas, pues partían a Estocolmo en unos instantes, por lo que me  despedí de Michael, deseándole suerte en su declaración de amor y acompañé a mis compatriotas hasta mi ya archiconocido control de seguridad. Tras la despedida (de nuevo...)y cierta nostalgia que sacudió mis pálpitos, aposté por un "durum" gigante y una tableta de chocolate pagados con los 50 euros que uno de mis angelitos suecos me prestó.

Estuve pensando en pasar todo el día en el aeropuerto, conociendo a más Michaels enamorados, fotografiando a parejas y a sus lloros de despedida... pero el señorito que vela por mi integridad sugirió (u ordenó...) que me hospedara en un hotel y descansara. Así que hice una lista de daños colaterales para decidir si  quedarme a dormir en el aterido suelo:

- Cansancio, hambre, posibles robos, incomodidad, guarros pervertidos,  manadas de fanáticos futboleros (ver daño anterior), frío y aburrimiento.

Toda esta serie de verdades, junto con la continua desazón de "como se entere me mata" hicieron que tomara un hospedaje, pues la idea brillante de pasar un día entero en un hotel cercano y un baño caliente hacieron que las aventuras aeroportuarias se las dejara a Tom y las burbujitas para una servidora.

Cuando llego a la recepción del hotel de enfrente, mi ánimo comienza a alarmarse, pues el precio ascendía a 46e, no a 30 como me informaron. Corro hasta la tienda de souvenirs y golosinas y devuelvo la tableta sin abrir (1.60e), sin los cuales no llegaba. Céntimo a céntimo consigo mantenerme en el precio justo. Sin embargo, mis ojillos vigorosos advierten un cartel en el que se publicitan habitaciones por 30e. Me acerco al stand y un jovencito alemán- alemán telefonea para que me recojan. 

Llega a los 5m un hombre mayor, rozando los 70 años, grande, cojeando, con una gorra azul y unos zapatones enormes. Sonrisa acorde con su físico, amable, simpático, bonachón y paternalista. Pienso que también lo llamaré Michael. En un inglés básico charlamos por el camino nevado, de carreteras anchas y bosques frondosos. Llegamos a mi nuevo refugio. Es una casita preciosa de madera, con nieve por todas partes. Mi habitación se encuentra arriba. No tengo baño individual pero estoy sola en la casa, así que me pertenece. Además, disfruto de una terraza enorme para mí. Tarde de lectura, baño caliente, pijama, sueño y fotografías. Bendita soledad.

A la mañana siguiente, Michael me lleva al aeropuerto, me despido, paso el control, enseño el documento a la señorita azafata, subo las escaleras del avión, me siento, duermo. Llego a Girona. Cojo el autobús hasta Barcelona. 


Nunca pensé que pudiese añorar tanto mi estación Nord, mi parada de metro, mi línea verde...


Un "mi" delante de esta ciudad que me sabe a reconfortable. Por fin en casa.





De Frankfurt a Barcelona sólo hay un día de diferencia (1ª PARTE)

Hay días, fechas, que no pueden olvidarse jamás. Algunos son cumpleaños familiares, otros, aniversarios de boda o defunción. Existen además unos mucho más difíciles de explicar. Se remiten a hechos anecdóticos que por lo extraño del suceso consiguen su prestigioso hueco en el recuerdo. Algunos de ellos se encuentran entre la temática: "Amigos y desconocidos" y "El amor y sus estupideces". Sin embargo, en esta ocasión, ninguno de estos campos de contenido refieren a mi, ya inolvidable, hazaña.


Tras pasar una semana en el Carnaval de Mainz y Frankfurt con dos amigas de la facultad, me dispuse al regreso al hogar añorado a la hora temprana de las 3 pm. Con la despedida azotando mis glándulas lacrimales y un frío gélido e inhóspito, avancé hasta la estación de trenes y buses, lugar donde por deducción lógica, había que coger el autobús que me llevaría una hora antes de mi vuelo, al aeropuerto de Frankfurt Hann.

Con el dinero justo y sin bufanda, conseguí traspasar el control de seguridad sin la menor incidencia y me senté en uno de los bancos de plástico blanco de la sala 2, destino: Girona, vuelo: 4424, hora: 6:40 en el día 17 de febr...¿17?¿17?sí, Carmelita, 17 de Febrero, MIÉRCOLES. Ojeo el documento acreditativo de Ryanair. La fecha no corresponde a la de hoy. En su lugar, aparece un bonito número 18 que se traduce en MAÑANA, JUEVES. Es decir, he sufrido un ataque de imbecilismo profundo, una enfermedad llamada: "Distracción momentánea difícil de definir en la que ser despistada, estar en la puta parra y padecer empanamiento agudo son uno más de los factores por los que te colocan el cartelito de DESASTRE".

Sudo como un pollito. Me río como una ratilla y sonrío como una coneja. Mi estado animal no me permite hacer más que una cosa: comerme la berlina rellena de mermelada de fresa que guardo en el bolsillo exterior de la maleta-carrito, de medidas útiles para el viaje de una ruin compañía aérea.

Una vez lleno el estómago me coloco en la fila que recién acaba de engendrarse ante la puerta de embarque. Ahora llega el momento en el que cuento un suceso de igual calibre: Estando yo en París con objeto de visitar a mi querubín, me disponía a regresar a la mía patria cuando en un lamentable estado de somnolencia me pasé por el arco del triunfo las normativas aéreas y aterricé en Barcelona, siendo mi verdadero destino, Sevilla.

Pues con este precedente, creí conveniente intentar traspasar las barreras azafateñas y encontrar un sitio entre tan publicitado avión. No obstante, y como sugería la lógica aplastante, esto no sucedió de tal modo y la mujercita huraña y agria me pronunció un "NEIN" que dejó mi alma desconsolada. 


Vagones para invisibles

  
    Todos los trenes llevan algún destino marcado en su letrero. Y como personitas a veces cambian de decisión en el último momento y eligen no parar donde planearon, llegar algo más tarde o mucho más tarde, ir con paso tranquilo o acelerar en un revés.

   Mi facultad se encuentra en Tarragona, la Universitat Rovira i Virgili, así que he de partir cada mañana hacia la ciudad vecina desde la capital con Renfe. Bajo la calle Numancia en el bus de atrás de casa (10 m aprox.). Parada Estació de Sants. Corro directa a la vía. Paso el ticket mensual por la maquinita. Desciendo las escaleras. Me siento en el suelo con los demás transeuntes cotidáneos con los que me encuentro diariamente. Llega el tren. No es. Se produce la confusión en masa a causa de una viejecita que no sabe si éste es el de Reus. La marabunta se excita y empieza a preguntarse por el trayecto de su tren, si es el acertado, si no le convendría pillar uno hacie el aeropuerto y desaparecer del mundo unos cuantos años. Unos mochileros recorren vía arriba vía abajo el anden. Topan con mi cabecita entre la gente y me preguntan si hablo inglés. Respondo que a little y en un inglés con acento australiano me analizan la descomunal desorganización de esta estación, de España y sus transportes. Contesto desde mi más humilde nacionalidad española: This is Spain...and Renfe. Dejan la botellita de agua que estaban bebeiendo en el suelo y se alejan.

   De todos los viajes que he hecho hasta Tarragona, en un cálculo improvisado, habré cogido un 30 % de trenes en perfecto orden. No sólo en cuanto a la puntualidad, tamibién la organización, el número de asientos, las interferencias comunicativas, los destrozos mobiliarios...un sinfin de despropósitos varios que acentúan aquella marginalidad ibérica de la que muchos criticones extranjeros y autóctonos hablan a menudo.

   Los trenes que cojo al mediodía, casualmente, vienen y llegan a su hora. Otra franja horaria más complicada es el prime time ferroviario. Cuando salí de clase aquel día a las ocho de la tarde me desplacé hasta la estación ubicada frente al mar, cerca del puerto. Allí esperé 5 minutos hasta que apareció el tren con destino a Barcelona. Me aproximé hasta él. Había tanta gente que quería subirse que no podía ni alcanzar la puerta. Me aparté unos metros y decidí sentarme en un banco hasta que se calmaran y entraran todos. No fue así. Las personitas impacientes estaban enlatadas en los vagones, aplastados contra el cristal. Miré a un chico que estaba a mi lado, alto, delgado, con gafas rectangulares de un turquesa bastante inusual y una sonrisa que invitaba a la conversación. Me llamaban al móvil. Durante la conversación, aposté por un nuevo tren que no tardaría mucho en venir. Quince minutos de retraso y quince minutos hablando por teléfono. La voz conveniente avisó a los pasajeros de la entrada del tren. Mucha gente salió. Mucha gente entró. Yo entré. Él entró. Busqué plaza por los pasillos. Ni un sitio libre. Regresé a la salita que queda entre vagón y vagón y me apoyé a la pared. Miré a los siete silenciosos pasajeros que como yo, se habían quedado sin sentarse y sorpresa la mía cuando el muchachito de gafas turquesas se encontraba entre nosotros. Comenzamos a despotricar sobre la compañía estatal y sus servicios entre risas. Algunas estudiantes invertían el tiempo en subrayar apuntes, un cuarentón con bastante porte sonreía mirando al suelo. Una mujer muy delgada que rondaría los cincuenta lo ojeaba mientras yo la  observaba a ella. Pensé que harían buena pareja. Las gafas turquesas acechaban el libro que tenía entre las manos. Me preguntaron si estudiaba. El qué y el dónde. Le correspondí con las mismas. Psicólogo de vocación, profesor canino, casteller en la colla de su pueblo y unos ojos tímidos pero sinceros que descubrí en el momento que decidió limpiar sus anteojos.

   Unos y otros se van bajando en las siguientes paradas. Quedamos nosotros y una de las estudiantes. Me coge de la mano y me propone ir en búsqueda de asiento. Encontramos dos sitios con el respaldo hacia delante. Bien, pienso, no podré marearme. Estoy nerviosa. Está nervioso. Pero sn saber bien por qué no dejamos de hablar. Su nombre, Carmen, ¡pregúntale su nombre! De nuevo un Joan en mis andanzas... pero esta vez acierto a pronunciarlo bien tras unas leves introducciones al catalán: Yuan, Yoan, Juan. Todo un trayecto de una hora conversando sobre lo que espero de su ciudad, sobre aquello que dejé, sobre lo que llegará. Cuando llegamos nos pedimos los nombres para reencontrarnos en el facebook. Se marcha por una entrada del metro...yo por otra.

   Vuelvo a casa con una sensación agradable, plena. Me consta que puedo encontrar a personas por las calles, con las que puedo toparme de nuevo queriendo y sin querer. Nostalgia de mi ciudad pequeñita en la que los de allí nos llamamos vecinos, aquí son simplemente extraños. Somos fantasmas, masas difusas que deambulamos por nuestros recorridos mecánicos hacia el mismo destino cada uno de nuestros días. Pero a veces la monotonía se rompe y conoces a un Joan de gafas turquesas que te hace plantearte si los invisibles se reúnen cuando Renfe pierde la precisión.